La sostenibilidad como revolución
cultural, tecnocientífica y política.
El concepto de
sostenibilidad surge por vía negativa, como resultado de los análisis de la
situación del mundo, que puede describirse como una «emergencia planetaria»
(Bybee, 1991), como una situación insostenible que amenaza gravemente el futuro
de la humanidad. “Un futuro amenazado” es, precisamente, el título del primer
capítulo de Nuestro futuro común, el informe de la Comisión Mundial del Medio
Ambiente y del Desarrollo, conocido como Informe Brundtland (cmmad, 1988), a la
que debemos uno de los primeros intentos de introducir el concepto de
sostenibilidad o sustentabilidad: «El desarrollo sostenible es el desarrollo
que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la
capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades».
Se trata, en
opinión de Bybee (1991), de «la idea central unificadora más necesaria en este
momento de la historia de la humanidad», aunque se abre paso con dificultad y
ha generado incomprensiones y críticas que es preciso analizar.
Una primera crítica
de las muchas que ha recibido la definición de la CMMAD es que el concepto de
desarrollo sostenible apenas sería la expresión de una idea de sentido común
(sostenible vendría de sostener, cuyo primer significado, de su raíz latina
“sustinere”, es “sustentar, mantener firme una cosa”) de la que aparecen
indicios en numerosas civilizaciones que han intuido la necesidad de preservar
los recursos para las generaciones futuras. Es preciso, sin embargo, rechazar
contundentemente esta crítica y dejar bien claro que se trata de un concepto
absolutamente nuevo, que supone haber comprendido que el mundo no es tan ancho
e ilimitado como habíamos creído.
Educación para la sostenibilidad.
La importancia dada
por los expertos en sostenibilidad al papel de la educación queda reflejada en
el lanzamiento mismo de la Década de la Educación para el Desarrollo Sostenible
o, mejor, para un futuro sostenible (2005-2014) a cuyo impulso y desarrollo
esta destinada esta página web. Como señala UNESCO (ver “enlaces” en esta misma
página web): «El Decenio de las Naciones Unidas para la educación con miras al
desarrollo sostenible pretende promover la educación como fundamento de una
sociedad más viable para la humanidad e integrar el desarrollo sostenible en el
sistema de enseñanza escolar a todos los niveles. El Decenio intensificará
igualmente la cooperación internacional en favor de la elaboración y de la
puesta en común de prácticas, políticas y programas innovadores de educación
para el desarrollo sostenible».
Crecimiento económico y
sostenibilidad.
¿Podemos hablar,
como algunos hacen, de crecimiento económico sostenible? Conviene recordar, en
primer lugar, que desde la segunda mitad del siglo xx se ha producido un
crecimiento económico global sin precedentes. Por dar algunas cifras, la
producción mundial de bienes y servicios creció desde unos cinco billones de
dólares en 1950 hasta cerca de 30 billones en 1997, es decir, casi se
multiplicó por seis. Y todavía resulta más impresionante saber que el
crecimiento entre 1990 y 1997 –unos cinco billones de dólares– fue similar al
que se había producido ¡desde el comienzo de la civilización hasta 1950! Se
trata de un crecimiento, pues, realmente exponencial, acelerado. Y cabe
reconocer que este extraordinario crecimiento produjo importantes avances
sociales.
Baste señalar que
la esperanza de vida en el mundo pasó de 47 años en 1950 a 64 años en 1995. Ésa
es una de las razones, sin duda, por la que la mayoría de los responsables
políticos, movimientos sindicales, etc., parecen apostar por la continuación de
ese crecimiento. Una mejor dieta alimenticia, por ejemplo, se logró aumentando
la producción agrícola, las capturas pesqueras, etc. Y los mayores niveles de
alfabetización, por poner otro ejemplo, estuvieron acompañados, entre otros
factores, por la multiplicación del consumo de papel y, por tanto, de madera…
Éstas y otras mejoras han exigido, en definitiva, un enorme crecimiento
económico, pese a estar lejos de haber alcanzado a la mayoría de la población.
Sabemos, sin embargo, que mientras los indicadores económicos como la
producción o la inversión han sido, durante años, sistemáticamente positivos,
los indicadores ambientales resultaban cada vez más negativos, mostrando una
contaminación sin fronteras y un cambio climático que degradan los ecosistemas
y amenazan la biodiversidad y la propia supervivencia de la especie humana. Y
pronto estudios como los de Meadows sobre “Los límites del crecimiento”
(Meadows et al., 1972; Meadows, Meadows y Randers, 1992; Meadows, Randers y
Meadows, 2006) establecieron la estrecha vinculación entre ambos indicadores,
lo que cuestiona la posibilidad de un crecimiento sostenido.
Tecnociencia para la sostenibilidad.
Cuando se plantea
la contribución de la tecnociencia a la sostenibilidad, la primera
consideración que es preciso hacer es cuestionar cualquier expectativa de
encontrar soluciones puramente tecnológicas a los problemas a los que se
enfrenta hoy la humanidad. Pero, del mismo modo, hay que cuestionar los
movimientos anti-ciencia que descargan sobre la tecnociencia la responsabilidad
absoluta de la situación actual de deterioro creciente. Muchos de los peligros
que se suelen asociar al “desarrollo científico y tecnológico” han puesto en el
centro del debate la cuestión de la “sociedad del riesgo”, según la cual, como
consecuencia de dichos desarrollos tecnocientíficos actuales, crece cada día la
posibilidad de que se produzcan daños que afecten a una buena parte de la
humanidad y que nos enfrentan a decisiones cada vez más arriesgadas (López
Cerezo y Luján, 2000).
Reducción de desastres.
En el Tema de Acción Clave dedicado a
la contaminación sin fronteras nos referíamos a las consecuencias catastróficas
de algunos “accidentes”, como el que supuso la explosión del reactor nuclear de
Chernobyl, auténtico desastre ambiental y humano. Y señalábamos que, a menudo,
no se trata de hechos accidentales, sino de auténticas catástrofes anunciadas.
Intentaremos fundamentar aquí esta tesis y mostrar su validez general en todo
tipo de desastres, incluidos los considerados “naturales”. Sólo esta
comprensión nos permitirá hacer frente a los mismos y adoptar medidas efectivas
para su reducción. Las tormentas, inundaciones, erupciones volcánicas, etc.,
son fenómenos que aparecen ligados a las “potentes fuerzas de la naturaleza”,
por lo que son denominados “desastres naturales”. Sin embargo, el hecho de que
dichos desastres estén experimentando un fuertísimo incremento y se hayan más
que triplicado desde los años 70 llevó a Janet Abramovitz (1999) y a muchos otros
investigadores a reconocer el papel de la acción humana en este incremento y a
hablar de “desastres antinaturales”.
El recuerdo de algunos ejemplos nos
ayudará a comprender la gravedad de este incremento de desastres, que
caracteriza la actual situación de emergencia planetaria:
• Los archivos históricos señalan que
durante siglos hubo inundaciones del río Yangtze en la provincia china de Hunau
uno de cada veinte años, mientras que ahora ¡se repiten 9 de cada 10 años!
• En la zona
delCaribe yCentroamérica siempre hubo huracanes, pero en 1998, el huracán Mitch
barrió Centroamérica durante más de una semana, dejando más de 10000 muertos.
Fue el huracán más devastador de cuantos habían afectado al Atlántico en los
últimos 200 años. Después vinieron otros, como el Katrina, de efectos
igualmente destructivos y en número siempre en aumento.




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